El renacimiento xilográfico. Tres grabadores ultraístas

Guillermo de Torre: «El renacimiento xilográfico. Tres grabadores ultraístas” (Cosmópolis, IV, 41, mayo 1922, 333-336)

“Quisiera que cada línea fuese como una fibra de mi sensibilidad, para lograr una visión completamente ingenua y renovada…”
NORAH BORGES

Al contemplar algunos de los bellos grabados en madera que publica en el magnífico número especial dedicado a este arte la revista Selection, de Bruselas, adquiere solidez nuestra persuasión de asistir a un interesante renacimiento xilográfico. Los “bois” de artistas belgas y holandeses, como Masereel, Cantré, Cocks, Brusselmans; los franceses Galanis, Morin Jean, Daragnés, Flouquet, Laboureur, Dufy; los rusos como Kebedeff y Zadkine, y otros de diversas nacionalidades como Ben Sussan, Gallien, Mambour, Jahl, etc., que revelan tan disímiles temperamentos y plurales técnicas, poseen un mismo estremecimiento renacentista. Tienen idéntico acento fuerte y neto, como obras de arte áspero y primitivo, que espeja una realidad intacta y contorsionada, en su alba resurrecta.

¿A qué debe su auge refloreciente el arte “muy antiguo y muy moderno” del grabado en madera, y por qué la contemplación de un “bois perfecto” nos produce una sacudida emocional de distinta índole, más honda y persuasiva, que un dibujo o un óleo? Difícil elucidar estas interrogaciones. Señalemos solo los signos de su alcance. El amor por la obra bien hecha confeccionada por la mano del artista-, y aquí encaja el doctrinal de “Xenius”-, el cansancio y reacción frente a los fríos medios mecánicos reproductivos, que no permiten la intervención del artista, la tendencia de éstos hacia las estructuras netas y vertebradas. He aquí, quizá, algunos de los motivos inductores de este renacimiento del grabado en madera, que avanza con brío y caracteres tan singulares. Así, una de las técnicas elementales, el medio primario de estampación directa, que fue desterrado desde el siglo XVII, cuando otros procedimientos vinieron a simplificar esta tarea, después del grabado en cobre y de la litografía, resurge transformado. Porque el manumitirse de la tara inicial pseudo fotográfica, adquiere categoría de arte nuevo y fragante, deviniendo medio favorito de los artistas vanguardistas extranjeros, al perforar la dura calidad de la materia y hallan esas severas estructuracioones, que revelan su tangencialidad espiritual con los módulos del arte negro y oceánico…

Como subraya André de Ridder, sagaz crítico belga, en su interesante prefacio de Sélection, el cultivo de la madera exige un gran dominio del artista sobre sí mismo, y, al ser este intérprete de sí mismo, puede abocar a conseguir obras de creación y no de reproducción. El grabado es menos “lineario” que el dibujo –agrega de Ridder-: “En el primero, la línea no solo cierra los cuerpos y delimita las superficies, sino que constituye un verdadero elemento plástico: se adhiere a la forma sosteniéndola, como una columna sostiene una arquitectura. De ahí el ritmo arquitectónico, el equilibrio constructivo, por la certera fusión de planos y acoplamiento de masas, que debe imperar en el “bois” perfecto. Y si algunos “bois” están solamente compuestos a base de dos tomos, del ajedrezado elemental en negro y blanco –como en Gallien-, en otros hay un matiz intermedio, una zona de grises –ejemplo: Galanis-, donde la luz realiza sus más difíciles equilibrios plásticos. El “bois” debe aspirar por tanto al máximo relieve plástico, conseguido por una gran depuración linearia”.

Al hojear Sélection advertimos complacidos el nombre de nuestro camarada Wladyslaw Jahl. He aquí, nos decimos, la incorporación de un grabador ultraísta –no obstante su nacionalidad extranjera- a la falange vanguardista internacional. Y constábanos también que es en este dominio donde desde España –por jubilosa excepción a esa falta de valores que en las confrontaciones artísticas modernas padecemos- podemos esgrimir tres nombres preclaros (compensaciones de la ausencia de un Picasso o un Juan Gris nuestros)…, aunque ninguno de ellos, empero haber cristalizado en el vórtice madrileño de nuestro movimiento, sea español… La señorita Norah Borges, argentina; Rafael Barradas, uruguayo, y Wladuslaw Jahl, polaco, tienen por encima de su convergencia en el ultraísmo y de haberse caracterizado como grabadores en las publicaciones que van de Grecia a Tableros, pasando por Vltra y Reflector, muy distinta y bien destacada personalidad.

Y aunque ésta ya es conocida de nuestro ambiente, con objeto de hacer entrar sus valores en los frisos extranjeros, he aquí unas siluetas sintéticas: Norah Borges, formada en las normas del expresionismo suizo-alemán, merced a su residencia en Ginebra durante la guerra. Se asimila la intención constructiva del cubismo. Así, se encuentra de regreso, con otros que aún van recortando puzzles… Dotada de una iridiscente sensibilidad femínea, que aspira a conservar sin mixtificaciones cerebrales. Su ingenuidad temperamental insufla un encantador ritmo lineario a sus composiciones. “Cada una de sus líneas es una fibra de su alma”, que vibra en esos paisajes urbanos y en esas cadenciosas figuras de mujeres apasionadas. Se dirían hermanas de las sirenas en que se desdobla Marie Laurencin, de ojos rasgados y sonrisas crueles, y de los saltimbanquis picassianos de Irene Lagut. Otras figuras de Norah tienen un “aire candoroso y torturado” –como en glosas pretéritas señalé- que evocan el contorsionismo patético de las figuras creadas por María Blanchard. Norah Borges, amazona de los meridianos, cabalga ahora sobre el océano para reintegrarse a Europa. Con su sonrisa romántica y un stock de paisajes inéditos, esperamos nos traiga –parafraseando la imagen de un poeta afín- la otra mitad del arco iris arrancado con sus dientes-buzos del fondo del mar.

A Barradas, el gran día de la metempsicosis, auguramos verle reencarnado (¡?) en un trozo de vidrio irisado o en el tronco de un árbol oblícuo, que sacude mareado sus hojas amarillas. Es así como, sin ningún alarde humorístico, podría expresar este pintor íntegro su gran amor por la materia natural, su identificación “sanguínea” con la “calidad”, y su ansia actual por plasmar esa “calidad” plástica de los objetos que le rodean cotidianamente. Y entre los que vive como un mandarín enamorado. Mejor aún: como un profesor hipnotizador entre sus sujetos experimentales. Pues Barradas, como se ha dicho de Picasso, es un encantador de objetos. Los pesa, los mide, busca su cuadratura geométrica, su estructura íntima, su raíz sentimental, su disecación linearia, su metáfora en colores. Ahora retorna de sus rompimientos, de sus destrucciones, hallándose en vías a una vertebración más sólida de su pintura. Como grabador, consigue fulgurantes contrastes en blanco y negro. Muy certeramente preocupado por dotar de una arquitectura sólida a sus grabados, forja asunciones planistas. Barradas descompone el amarillo de su rostro a través del prisma de los doce meses del año, y de su boca mana un verbo inquieto y desfogado que inicia una teoría distinta cada día: tras el vibracionismo el anti-yoísmo, y ahora –ahora, aún- el verticalismo: el Greco a través de un Ozenfant, etc. Jeanneret puristas. Su velocidad de mutaciones no nos da tiempo a recoger el film de sus “ismos”.

Jahl es un colorista auténtico, un “formista” polaco, con asimilaciones del “simultaneísmo” francés. En la reducción bicromática que impone la xilografía, Jahl realiza bellos grabados donde prevalece el ritmo de los volúmenes. Seducidos por las estructuras matissianas domina la línea sintética y el trazo envolvente que agavilla las espigas lineales. Sus desnudos tienen una severa altitud y el ritmo esbelto de una columna propílea o de una antena telegráfica como perífrasis, según vuestras predilecciones simbólicas…

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